martes, 7 de octubre de 2014

El que no podía parar de amar

De la colección del autor "Latidos Porteños"

Ezequiel  tenía una enfermedad: vivía enamorándose. Sus brazos de repente rodeaban al primer árbol que le hacía reverencia en su vecino Parque Chacabuco, y después casi que en el piso acariciaba las hojas de una petunia que Ezequiel presentía celosa. Así iba por la vida y por los barrios de Buenos Aires Ezequiel, clavando su mirada amorosa aún ante energúmenos que no dejaban de tocar la bocina, o frente a quienes se insultaban en una bocacalle del centro, y sonreía con su dulzura infinita a quien se atrevía  a tildarlo de loco o estúpido.
Como un Quijote porteño, andaba robando flores de cualquier parte para dársela a la primer  Dulcinea que se le cruzara en el camino, porque solía decir en voz alta que no hay otro destino para la flor que el de fundirse con el perfume de una mujer. En Palermo, a pasos de la Biblioteca, se lo vio rodar por el pasto recitando los poemas de Amado Nervo que recién le habían prestado, y que finalmente se los dedicó a una joven de uniforme escolar que repasaba la lección en un banco de plaza.
Usualmente tenía más receptividad en los más jóvenes, porque las piruetas que daba su corazón en permanente combustión encontraban familia en el candor, el desprejuicio, de quienes aún no han sufrido tanto. Más de una vez chicas y muchachos hacían rondas alrededor de Ezequiel, mientras él les contaba y actuaba distintas historias de amor que bien podían haber sucedido con personas, plantas o animales. Inclusive, según cuentan los de la barra del barrio de Balvanera, Ezequiel supo pintarle poesías a un viejo buzón, llenarlo de colores y caricias, adorándolo hasta la tarde que fue arrancado, porque decía que ése había sido el sagrado cofre que guardaba los sueños, y que entonces ya nada cuidará a los sueños, y que si será por eso que ya no conviene tenerlos.
Hasta que sacaba uno del bolsillo trasero que en papel amarillo y arrugado decía “te heredo toda mi libertad, las estrellas están a tu nombre, tu habitación será mi mar, mi sol ardiente tu abrigo y mi viento consejero desde ahora en más será tu confesor. Anda, deja la ciudad, que si no te apuras, tu vuelo será encerrado por una pared”. Se lo había escrito su abuelo Leonardo antes de morir, ya con la piel vencida de ultramar, navegante al fin anclado. Su abuelo le había enseñado el amor y Ezequiel también amaba el mar aún sin conocerlo. Su sueño era hacerse de esa herencia pero cómo si Buenos Aires tiene sangre marrón de río largo y oscuro.
Entonces Ezequiel iba por aquí y por allá, mientras llegara el día de volverse embarcado horizonte. En las inundaciones de Juan B. Justo se lo vio con el agua a la cintura protegiendo el andar de su flotilla de papel de diario. Y alguna vez tuvo la suerte de un ángel protector, cuando en la Costanera devolvió al río a un par de maltrechos pejerreyes que ya no podían más en el balde del pescador.  Mientras lo alejaban de la ira del hombre de la caña, se preguntaba por qué si a los humanos nadie nos pesca, por qué le hacemos esa traición de caer en la trampa del anzuelo.

Hasta que un día vieron caer exhausto a Ezequiel en una de las intrincadas callecitas de Parque Chas. Estaba perdido, como en un laberinto, buscando a la señora del quiosco que una vez  le  regaló un caramelo. Le llevaba una flor de papel escrita. Decía: “ Enamorarnos un minuto varias veces al día, para soñarnos de noche siempre enamorados…”       

domingo, 21 de septiembre de 2014

Primavera


                                 Creo que esta mañana de primavera estuve a punto de besarla,
                                  era una desconocida, era en la calle
                                  en un local con demasiada gente me pasó por encima festivales de su piel
                                  No podía oler tan bien, no podía yo de repente necesitarla tanto
                                  Qué sucede si uno besa en la calle a desconocidos
                                  Es primavera y tengo ganas de besar sin presentación,
                                  besar sin carné, besar por besar, reír por reír,
                                  jugar a la Rayuela de Cortázar, a ser El Otro de Borges
                                  y cantar con Cerati que soy Primavera Cero, que acabo de nacer…

viernes, 5 de septiembre de 2014

El día del ferretero

Es el Día del Ferretero. Lo honraré yéndole a comprar el tornillo que me falta, la arandela para simular la aureola de santo que no soy, los clavos que restan para crucificarme a esta sociedad, las tuercas para darle otra vuelta a esta vida que no entiendo, le compraré una pinza para ver si sujeto a este corazón volátil, y me pondré en gastos para comprar la escalera que me lleve a saludar en el cielo a los Gustavos que me faltan; buscaré pinceles para pintarme la falsedad de subsistir, una lija para raspar al fondo de las cosas, y me despediré solicitándole un toma corriente, para elevar mi pobre cantidad de watts en esta tarde gris...    

lunes, 21 de julio de 2014

Palestinos e israelíes, juntos en la nueva calesita


La sangre venía de a borbotones y sin cauce, y ahora es un arroyo sereno de apenas sierra que no tiene ni un fin. Me estaré volviendo viejo que estoy sencillo, no me remuerde lo que no pasó y me conmueve el girar de una nueva calesita en el barrio. Siento que lo mínimo es lo importante, me aturde el desconsuelo de lo que no existió y soy leve música que fluye sin parlante. Qué me estará pasando que no pido muerte ya a los israelíes que matan tanto niño palestino, que no vuelvo a condenar al sistema que me quitó de Sida tantos hermanos.
Estoy elevándome, creo que son los años. Pero por quien sea, entiendan y tengan piedad, sin Torah, ni Corán, ni Biblia, basta de muertes, basta de de humanidad despedazada. Se imaginan una nueva calesita con un niño palestino subido a un caballo, un israelí a un auto, un niño cristiano buscando la sortija, y así, que el calesitero no tenga religión y sea feliz desparramando alegría sin saber quién comulga qué, si hay oración de tarde o al amanecer, si hay Dios o no. La tierra es de la Tierra, todos tienen derecho a subirse a su calesita.
Si el mundo se obstina en ser cruel, silbaré y cantaré con el aire que me queda…

viernes, 27 de junio de 2014

24 horas sin Mundial


Hoy no hay Mundial y de repente se me viene encima  un juez maldito, yanki  y expoliador
que antes de ser cadáver busca mi extinción.

Me vuelven los viejos dolores de espalda y recuerdo que el corazón se me escalda por esa llamada en espera

Recuerdo que los zapatos se hunden en la ciudad vencida, que hay containers en vez de aulas y que con negociados nos suicidan

La Fábrica Internacional de Felicidad Artificial (FIFA) ha cometido el error de darnos descanso y hoy me atrevo a mirarme para dentro y no veo

Caigo en la cuenta que el sueldo no alcanza, que mis dirigentes me venden en la paritaria
y soy un gil contando las monedas, me comen los piojos y tengo urticaria

Estaba en eso, de putear al fóbal y su pan y circo, de llorar por nuestros hermanos de Brasil, que sus lamentos taparon con cemento y andá a cantarle a Gilberto Gil

Pero la redonda mueve y ya no somos nada, somos fiebre, obsesión, aparatos y de TV, y hay hasta quienes hablan de Patria, pero de los colmos está hecha la estupidez

Mañana volveremos al sillón, a sentarnos con el conveniente olvido, ya no habrá sombras ni penas, volverá la ansiada tregua a nosotros mismos        

jueves, 12 de junio de 2014

El capitalismo más desquiciado juega el Mundial


Las primeras firmas de la cobertura mundialista de los medios hegemónicos de la Argentina, son las de periodistas a los que nunca se le escuchó una definición, ni escribieron alguna línea que les delatara el pensamiento más allá del circunstancial ir y venir de una pelota. Nadie sabe que alguna vez hayan despotricado ni siquiera contra el degradante poder que controla al fútbol en la Argentina. En realidad ocurre todo lo contrario, más de una vez de sus silenciadas bocas ha salido, muy gentil, el “lo felicito don Julio”, “gracias, don Julio”, “no hay de qué, don Julio”.
 El símbolo del yo no me meto ni para decir si hay o no penal, el más grande rey de juego del distráido ante cada cambio de gobierno, el genio de la conveniente indefinición, Enrique Macaya Márquez, sigue como enviado y subsistiendo en un sector del sistema, el de los medios, el del gran circo del fútbol , donde como diría Charly, “es mejor mirar a la pared…”. Nada es casual, aún a sus 80 años parece útil su imagen imperturbable del no te metas, y eso es lo que pretende el sistema que se  exacerba en un Mundial de fútbol, y más en éste, donde el desenfado del capitalismo en tan enorme que verdaderamente angustia por su impunidad.
¿Dirá Macaya que en Brasil hay unos 100 millones de brasileños que no la pasan bien en su vida diaria, pero que tienen que soportar que el Estado invierta 15 mil millones de dólares para un evento deportivo, cuando lo urgente, lo que reclaman, es que no haya tanta pobreza, que sea más decente la salud pública, que haya más viviendas populares, que la educación y el transporte no sean un dificultad? No creo tampoco que los otros muchachos pongan en disgustos a don Julio, diciendo que la FIFA es una mera oficina que representa a grandes empresas y marcas internacionales y que es a la vez gran servidora de la banca internacional.  Cada cuatro años encuentran otro pretexto para una mega facturación a costa de gente y naciones, tal como ocurre con las guerras y la industria armamentística: hay que hacer guerras o mundiales para ganar mucho dinero
De Sudráfica 2010, ocho de los nueve mega estadios quedaron en desuso. En Brasil llegaron a hacer un estadio en la selva de Manaos ante el horror de los indígenas , donde no hay equipo brasileño de primera división. Lo inaugurarán Inglaterra-Italia, después habrá algunos partidos más, y luego su destino será el de una momia de cemento que tal vez futuras generaciones tratarán de entender.

Qué extraño mundo es este, donde un puñado de seres desaforados mastica fojas de billetes, a costa del exhausto alimento de la mayoría , que atónita apenas si proyecta el día y mira desde un aparato ese gran banquete.         

martes, 3 de junio de 2014

A 90 años de Kafka


Eras lánguido, con tus ojos desbordados de asombro y a pasos gigantes esquivabas los inviernos de Praga, mientras tus huesos crujían en la biblioteca del barrio judío.
Todos fuimos kafkianos soportando caricaturas de la cultura y bochornosos gobiernos que vivían su circo en Castillos construidos a nuestras espaldas, y morimos de verdad y tristeza en un Proceso donde al final la salida podía ser caernos de un avión o mutar del día a la noche en Desaparecido. Pasamos casi por debajo de nuestra puerta como desanimados insectos, tras la brutal Metamorfosis por un amor que nos dejó.
Los laberintos de esta vida en pendiente fueron ocupados con tus libros y tus cuentos y esas cartas que tanto amó Milena y que tu padre desdeñó.
Quién sabe qué dios quiso que tu amigo Max salvara tus textos. Hoy, a 90 años de tu joven muerte no debo olvidarte Franz, porque leerte fue saber que la literatura es la alquimia que transforma en ornamentosas las horas vacías.