(De la colección del autor "Latidos Porteños")
A los que no tienen nada, cuando
llueve, se les moja el corazón que aún resiste, porque con la
lluvia vuelven a notar que solamente el sol tienen fiado en la
cuenta. Y se humedecen los ojos abrazando a sus chicos en la precaria
casilla de las más de treinta villas que sonrojan a esta ciudad, que
a veces se atreve a discutir sobre el nuevo romance de un conductor
de TV, y que no puede parar de polemizar por un billete de papel
verde, mientras otra vez se deja aturdir por ignotos candidatos que
ya con su cara en el afiche anticipan renovados desastres.
Pero quiénes se acuerdan de ellos, de
los más de doscientos mil habitantes de los barrios demasiados
precarios que delatan la infamia de Buenos Aires… Cuando hay
amenaza de lluvia, de frío, esas personas tiritan el desamparo. Uno
ajusta la ventana para que no entren chiflidos de aire, tal vez
prenda la estufa en este insensato arranque primaveral, pero ellos
qué…
Reciclados personajes de los patronales
medios de comunicación aseguran que desde ahí nace el mal, que no
podemos andar tranquilos en nuestras calles por la gente de la villa,
que no hay que generalizar pero que están llenas de extranjeros que
vienen a delinquir y que hay que deportar como dijo el millonario
funcional Berni. Ni se debería consignar que en las penosas cárceles
que supimos conseguir, no llegan al tres por ciento los recluídos
extranjeros.
Y la inseguridad qué… A ver si está
bien vivir en la Ciudad Oculta, o en la Villa 21 de Barracas o la 31
de Retiro, o como apaleado sobreviviente del predio Papa Francisco de
Villa Lugano. ¿Vivirían los Cutzaridas allí, y el señor de los
helicópteros Berni? ¿Viviría Macri, la Presidenta? ¿Quién es el
que roba? Las declaraciones juradas no tan declaradas de los
funcionarios nacionales, municipales o provinciales, suelen ser la
prueba del desprecio al semejante, la mueca a la desigualdad, se les
desmadra la ambición, son una ofensa a la vida cívica pero los
culpables son los villeros.
Cada punto de la desbocada inflación
es un plato menos de sopa para estos porteños que ya ni pueden
asomarse a la autopista para ver pasar a los veloces y modernos
automóviles. Les construyen murallones, los desalojan cuando
pueden, las ambulancias pegan la vuelta, los criminalizan todo el
tiempo. Pero ahí van los federales, los metropolitanos, los
gendarmes a molestarlos todo el tiempo. Pero cuando son invadidos por
bandas narcos, los uniformes vuelan como el helicóptero de Berni.
Cuando una bala narco mató a Kevin, el pibe de 9 años de la Villa
Zabaleta, en Pompeya, hacía un buen rato que no había fuerzas de
seguridad y tardaron tanto en llegar que fueron los vecinos - quienes
sino-, los que trataron de salvarlo.
Pero mientras hay que cercarlos, es la
orden: “¿Quiere
usted que llame a un guardia y que revise si
tienen en regla sus papeles de pobre...? ¿O mejor les digo como el
señor dice: «Bien
me quieres, bien te quiero, no me toques el dinero...»? Sí
Serrat, el de las señoras y señores hinchados de burguesía que
creen que el señor padre es justo, y más todavía ahora con el
enviado y tan nuestro Francisco, y que cada cual tiene lo que se
merece.
Pero
parece que va a llover, duele más la pobreza y esas mentiras de
campañas que cada vez son más mentirosas. Lo único que los
poderosos van a urbanizar son sus nuevas mansiones. Y ahí donde
duelen más las décadas perdidas, acomodarán las chapas para no
mojarse, y el cartón para no helarse.
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